15.4.11

El telo proletario


Quizás sea todo una ilusión, pero seguís ahí, y yo acá. Separados, lejanos.
Le dijo las últimas palabras y subió al micro. Una porquería de escena ochentosa.
La banda del Golden Rocket parecía eso, sólo faltaba una corte melenita y el enterito amarillo de Araceli González. Todo lo demás estaba: la mierda, la grasa, la cursilería y el amor que no lo era.
El quería hacerle un bebé, así de simple, como si fuera besarle el hombro.
Ella también lo quería, pero se agotaba de miedo.
Y lloraba.
Son historias de camiones que chocan en cada ruta, como si sus frenos durmieran. Si tus frenos se duermen, poné primera, frená con los pies, manipulate la verga, pero frená che, frená porque te chocas con todo, con la vida y la no vida humana del simbolismo escondido.
Desgraciada, también le dijo.
No me puse perfume, no me odies. Tan solo comencé a crear cosas nuevamente y es una enorme basofia. De todos modos tu mamá, esa conchuda, me enseñó a rezar y lo practico sin saber ni creer mucho.
Notablemente, notoriamente, ella no sabía que coñazo quería y ya instalada en el micrito, se acordó de Milton y la infinita espera del 39 para ir a un telo del bajo. Un telo de 8 pisos, jamás había estado en un lugar en donde hubiera tanta gente cojiendo al mismo tiempo, y ella pensó que era loco pensar en eso. Tampoco entendió por qué los telos tienen peceras. Alguna analogía indiferente, quizás.
Son feos. Los peces, no.
Ojalá en los telos suene Silvio Rodriguez algún día. Y sean gratis o con donaciones para el fondo común de huelga, y podamos discutir sobre la organicidad de la lucha sindical, además de amarnos.

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